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Alberto Castilla nació en el departamento del Norte de Santander en un municipio que es la puerta de entrada al Catatumbo, llamado Convención. Lo que él y su comunidad llaman Catatumbo comienza allí, hace frontera con la provincia de Ocaña. Alberto es un líder de su región que vivió en carne propia la arremetida paramilitar del año 2001, la misma que le costó la vida a por lo menos 11 mil personas y la que enfrentó con valentía y decisión junto a su comunidad.

Nacido en Convención, Norte de Santander.
Líder campesino
Concejal de Convención, Norte de Santander. (1995-1997)
Dirigente comunitario en el Comité de Integración Social del Catatumbo
Presidente de la Coordinador Nacional Agrario de Colombia (CNA)
Congreso de los Pueblos
Senador de la República de Colombia por el partido Polo Democrático Alternativo.

Vengo de una familia pobre como tantas del país, me levanté en un barrio muy marginado llamado Aracataca y las familias con las que yo me crie aún viven en ese barrio porque la vida y la situación social no les ha dado otra oportunidad. Como a los 4 años de edad mis padres se separaron y con mi madre, Fidelia Salazar, que aun vive, tuvimos que aguantar muchas carencias, ella tenía que lavar ropas ajenas para poder darnos el sustento a mí y a otros cuatro hermanos.

Mi mamá era muy dura de carácter, nos daba mucho rejo, pero en medio de la pobreza y las dificultades siempre nos inculcó la dignidad, no pisotear a nadie ni dejarnos pisotear. Aunque nos levantamos en una sociedad muy goda, mi mamá nunca nos obligó a ir a misa, tampoco a rendirle pleitesía a nadie. Pero era tanta la pobreza que mi mamá, aprovechando que el bolívar en Venezuela estaba a 17 pesos colombianos se fue a buscar trabajo allá, como mucha otra gente. Para poderse ir, me iba a entregar a bienestar familiar, eso se usaba, pero nos causó tanto drama que finalmente nos dejó a mis hermanos y a mí con los abuelos, mientras ella iba y volvía a traer plata para mantenernos.

Yo tenía que ir a una escuela muy lejos de mi casa, en la vereda El Porvenir, eso era lo que había para los pobres, y lo primero que hacíamos cuando llegábamos a la escuela era matar las culebras, porque había muchas; luego me pasaron para la escuela Kennedy y allí estudie toda mi primaria y en un colegio de Convención terminé el bachillerato.

Como a los 15 años, la comunidad me eligió como presidente de la junta de acción comunal y entonces sacamos un equipo de futbol, nos conseguimos los uniformes y lo pusimos a competir con otros pueblos; perdíamos todos los partidos, pero lo importante era mostrarnos, que supieran que existíamos; organizábamos paseos y salíamos todos a cuidar las zonas verdes; hicimos diferentes actividades y la gente nos fue tomando cariño. Después fui secretario general de la asociación de juntas de acción comunal del municipio. Ya había terminado el bachillerato y en el barrio Aracataca eso era una novedad; yo les escribía las cartas a los amigos para las novias, les enmarcaba las credenciales, yo era el de todas esas actividades.

De albañil a servidor público
Al salir del bachillerato me tocó trabajar en albañilería, como ayudante del maestro de construcción. Estando en esas, llegó uno de mis amigos y me dijo que me presentara a una vacante en la casa de la cultura, que él había sido rechazado porque exigían el bachillerato y él no lo tenía. El empleo era de auxiliar de biblioteca y el sueldo era de 15 mil pesos; yo me ganaba más en albañilería, pero me gustó la idea del trabajo en la casa de la cultura. Yo no me limitaba a cuidar los libros y hacer cumplir las reglas en la biblioteca sino que le ayudaba a los estudiantes a hacer los trabajos y a consultar; hacía el aseo y hacía más de lo que me correspondía, esa actitud me valió gran aprecio y popularidad entre la gente y también con las directivas, lo que me permitió ir escalando.

Después me animé y busqué un crédito en el Icetex y me puse a estudiar a distancia en la universidad, me inscribí a obras civiles, era lo único que había; tenía que ir todos los sábados a Ocaña y aunque casi no alcanzo a pagar el crédito, terminé las materias. En esas me llamó el alcalde y me dijo que necesitaba que trabajara con él en la interventoría de obras civiles del municipio; eso era como ganarse cinco veces lo que me estaba ganando en la casa de la cultura. Entonces me puse a estudiar interventoría, terminé todas las materias, pero nunca me gradué, porque entonces creía que el título no se necesitaba. En este empleo hice lo mismo que siempre, trabajar más allá de lo que me correspondía, me metía a echar pala y pica, buscaba soluciones a problemas de la comunidad que llevaban tiempo sin resolver.

En este trabajo conocí todos los municipios y me fui haciendo querer de la gente porque trabajaba hombro a hombro con ella a pesar de mi condición de funcionario. En el Catatumbo casi todo se ha hecho por autogestión de la gente y yo no podía estar al margen. Hicimos acueductos, alcantarillados, escuelas, tanques; la alcaldía daba los materiales y nosotros poníamos la mano de obra; por eso me conozco todos los municipios en sus cascos urbanos y zonas rurales, de hecho me arriesgo a decir que a mí me formó fue la comunidad porque de estas experiencias se engendró el proceso social y la organización campesina que hoy tenemos.

Yo tuve que ver cosas muy duras en las veredas, por ejemplo cinco niños bajando naranjas agrias para comer con yuca porque no tenían más; su color de piel era blanco traslúcido, enfermos. Esto me conmovió hasta el llanto, me acerqué y le dije a los padres que si me los podía llevar para ver qué hacía por ellos y el papá me los entregó; los llevé al médico, los alimenté y se los volví a llevar cuando estaban en mejores condiciones.

Estas vivencias me golpearon mucho, pero me hicieron ganar reconocimiento en el sector rural; a mi me buscaban para todo, por esta razón las asociaciones de juntas me propusieron que fuera cabeza de lista para el Concejo municipal y si aceptaba los demás estarían de acuerdo y se unificarían en torno mío y a favor de la comunidad. Entonces cambié mi cargo en la alcaldía por la gerencia de una cooperativa, porque vi que desde allí podía ayudar a los campesinos y catapultarnos hacia el concejo, y lo logramos.

La incursión paramilitar al Catatumbo
Más o menos en 1997, como al año de estar en el concejo, los paramilitares mataron a Alcides Angarita, un muchacho campesino humilde que hacía parte de mi lista, lo mataron saliendo del Concejo. Yo denuncié públicamente el asesinato y esta situación me metió de cabeza en un debate más complicado que me obligó a estudiar más y a moverme más. Entonces convocamos el Congreso Departamental de Juntas de Acción Comunal, eso era mover más de 40 municipios, una logística inmensa. En ese Congreso impulsamos un plan social de construcción de vida digna para el Catatumbo y fuimos elegidos en la junta directiva de la recién conformada federación.

Yo recuerdo mucho la foto que nos tomaron a los directivos porque a casi todos los mataron, sólo quedamos tres. Los paramilitares declararon un plan de exterminio de la federación. Pero yo seguí en el Concejo, terminé mi período y después fui secretario de gobierno y mi oficina se puso al servicio de la comunidad, allá en mi escritorio se sentaban los indígenas, los campesinos; esa era una oficina abierta para la gente.

El 2001 fue la época dura de la incursión paramilitar. Algunos campesinos se fueron a refugios indígenas, pero la mayoría no tuvo esa oportunidad y les tocó irse para el casco urbano. Convención tenía en la cabecera aproximadamente unos 9000 habitantes y nosotros alcanzamos a registrar 6000 desplazados, es decir, casi el 70% de la población, todos hacinados en la plaza principal. Entonces desde la Secretaría de Gobierno nos comprometimos a velar por su integridad, había que entender su condición como una consecuencia política de la violencia paramilitar, por ello hicimos acuerdos con el comercio, con la gente del pueblo para recoger recursos, ropa, medicamentos, entre otras cosas.

Eso generó solidaridad y afectos en toda la comunidad, teníamos una farmacia, una bodega de comida, algo bonito en medio de la desgracia. Pero las cosas se pusieron muy delicadas porque los mismos paramilitares que habían desplazado a la gente del campo se vinieron para el casco urbano, eso fue en el año 2002.

Gracias a algunas fuentes de confianza, me enteré que nos iban a empezar a matar y en las reuniones con los desplazados les informé. Con los demás nos pusimos a pensar qué hacer, el retorno era una opción y empezamos a organizar unos mercados básicos y herramientas para cada familia. Yo no me fui, pero el alcalde no aguantó y se fue, entonces quedé de alcalde encargado y aproveché para convocar un consejo de seguridad. Es que todas las paredes del pueblo estaban llenas de mensajes de los paramilitares: “llegamos para quedarnos”. Entonces le ordené a la policía borrar los mensajes, pintar las paredes de nuevo y el comandante de la policía me decía que pusiera a los funcionarios de la alcaldía, pero le dije que por ningún motivo. Apenas se terminaba el comité de seguridad me llamaban a amenazarme, “que es lo que usted quiere”, me decían.

El desplazamiento
Pero me tocaba mantenerme, yo tenía a la personería y a los demás funcionarios a mi favor. Luego, como para romper la alianza de los militares con los paramilitares, pedí la construcción de una base militar justo en el lugar en donde se reunían los paramilitares, era como para evidenciar las cosas. En esas regresó el alcalde el 10 de julio de 2002 y me dijo que estaba enterado de lo que estaba pasando y sabía que me iban a matar. Según él, había tratado de evitar que lo hicieran pero no lo logró, así que me tenía que ir. Entonces le pregunté si él me acompañaba y dijo que no, que lo máximo que podía hacer era conseguirme un helicóptero para que me sacara, pero él no iría conmigo. Le dije entonces que yo arreglaba mis cosas. Llegué a la casa y no sabía qué hacer, porque no tenía ni un peso, aunque era funcionario no tenía plata porque casi toda la había repartido entre la gente desplazada, en recursos para ellos.

Le conté a mi compañera lo que había pasado; mi hija, la pequeñita, tan sólo tenía 2 años y la otra 8 años. Me despedí de ellas como si no fuera a volver, y me ideé un plan. Salí vestido como si fuera para el trabajo normalmente, organicé mis cosas, el computador y los archivos. Me fui de noche para la casa y al día siguiente, el 12 de julio, me fui para la oficina y llamé al presidente de la defensa civil y le dije: hermano necesitamos sacar a alguien desplazado. Me contestó que él cuadraba el carro y el personal, y me preguntó quién era el desplazado. Se sorprendió mucho cuando le dije que era yo, pero igual seguimos con el plan. Cuando llegó la hora le comenté a un funcionario de la alcaldía, un auxiliar, que me iba a tomar un cafecito y salí. El amigo de la defensa civil me llevó y me acompañó hasta que abandoné la región. Me fui para Bogotá. Ese mismo día fue al despacho el muchacho que me señalaría ante el sicario para asesinarme.

En Bogotá me encontré con todos los concejales y al alcalde de El Tarra; los paramilitares los habían citado y les dijeron que tenían dos horas para irse. Toda esta época coincide con las experiencias que desde las comunidades y el movimiento cívico se hicieron a nivel institucional conocidas como la elección popular de alcaldes y por eso fue que los paramilitares arremetieron contra esos gobiernos salidos de la comunidad. Con esos amigos de El Tarra, para seguir dando la lucha, empezamos a gobernar desde la capital, ellos me eligieron secretario de ese gobierno. Pero la mayoría terminaron agotándose con la situación y les tocó irse para el exilio. A mí me ofrecieron salir hacia Francia, pero no acepté. En todos estos trámites conocí a los funcionarios de la red (cuál red?) y allí me entregaron la ficha de registro de desplazado.

Retornar para defender el territorio
Después de seis meses de desplazamiento, nos encontramos con muchos desplazados y concejales de la región y pensamos que lo mejor era regresar y hacerle frente al problema. Así que nos fuimos para el Catatumbo y vereda por vereda convocamos a todos a un encuentro comunitario, el tema único era decidir si entregábamos el territorio al paramilitarismo o lo defendíamos, y la gente dijo: esto es lo que tenemos y lo vamos a defender. Como no hay mal que por bien no venga, yo había conocido en medio del desplazamiento a muchos líderes de organizaciones campesinas que se habían agrupado en el Coordinador nacional Agrario, CNA, desde el año 1997; ellos me habían prestado asesoría y solidaridad y es por eso que desde nuestro proceso local nos unimos al CNA, prácticamente nacimos vinculados a él. El Comité de Integración Social del Catatumbo, CISCA, lo fundamos en el año 2004, pocos meses después de mi regreso a la región. Hoy en el CNA venimos desarrollando nuestra propuesta política y organizativa nacional y en el CISCA la propuesta regional campesina, nuestro plan de vida y defensa del territorio.

Por Olimpo Cárdenas Delgado

Nota del autor
Yo tengo 44 años y desde muy joven he militado en diferentes organizaciones sociales y populares. Nunca he votado porque no he creído en los procesos electorales y porque no he encontrado candidatos que de verdad estén en capacidad de transformar las condiciones sociales y políticas de los más humildes. Pero un líder como Alberto Castilla, forjado en las luchas con la comunidad, desde abajo, y que ahora se presenta como candidato al Senado para continuar esa lucha, me inspira confianza y me pone a replantear la posición. Por alguien así yo sí votaría.